cristiandad

¿Deben las mujeres callar en la Iglesia? (2da. Parte)

Esta publicación es la continuación al primer artículo de esta serie: ¿Deben callar las mujeres en la iglesia? En esta ocasión, analizaremos uno de los pasajes difíciles que, normalmente, se malinterpretan:

Deben las mujeres callar en la Iglesia

«Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice» (1 Corintios 14:34).

Algunos cristianos generalmente hombres utilizan este texto para defender la idea de que la mujer no puede enseñar en la Iglesia. Pero, ¿es eso lo que el versículo está enseñando?




Lo primero que me gustaría recalcar es que el apóstol Pablo en ningún momento usa el término «enseñar», ni aquí, ni en los versículos inmediatos. ¿Cómo va el apóstol a prohibir algo que ni si quiera el texto menciona? Y aquí, algunos dirán: «Pues, si Pablo dice que ‘las mujeres callen en las congregaciones’, se supone que tampoco pueden enseñar». Lo interesante es que muchos limitan este imperativo –cállense o guarden silencio–, únicamente, a la enseñanza. Pero, lo que Pablo prohíbe NO es enseñar (del griego «katejéo» usado en el vs. 19), sino hablar (del griego «laleo»). El término griego laleo se utiliza en el Nuevo Testamento unas 300 veces con significados diferentes: «conversar», «hacer preguntas», «discutir», «profesar», «charlar inmoralmente». Ninguna de estas alusiones hace referencia a la profecía u oración. Por tanto, el que dice que la mujer tiene prohibido enseñar por este pasaje, simplemente, está diciendo algo que el texto no dice, pues el fin de la profecía es: «que todos aprendan, y todos sean exhortados» (14:31), lo cual, requiere enseñanza. Y si el versículo es entendido como un mandato absoluto para toda mujer, de toda generación, de cualquier iglesia, entonces, ninguna mujer podría abrir la boca en la congregación. Y no sólo para enseñar, sino también para cualquier otro tipo de conversación. Sí, a esto es lo que conduce una interpretación literalista que no tiene en cuenta el contexto histórico-gramático.

Sin embargo, si tenemos en cuenta el contexto, inmediatamente nos damos cuenta de que esa no era la intención de Pablo. En la misma epístola, Pablo anima a las mujeres a profetizar y orar en público, siempre que lo hagan con el debido orden (11:1-5). Pero, ¿no debían las mujeres estar calladas? No, no es eso a lo que Pablo se refería. De hecho, en el mismo capítulo del texto en cuestión, se da por sentado que las mujeres profetizan en la asamblea con el reiterado «todos» de los versículos 14:23-24 y 31, además del «cada uno» en el vs. 26. Lo que es indudable es que las mujeres de Corinto profetizaban en la iglesia y Pablo recuerda que «el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación» (14:3). Curiosamente, «la edificación», «exhortación» y «consolación» están estrechamente relacionadas con la enseñanza. Tanto es así que el vocablo «edificación» significa literalmente: «construir», «edificar», y está estrechamente relacionado con la enseñanza (Efesios 2:20; 4:12; etc.). Éste, ya sería argumento suficiente para demostrar que las mujeres sí podían enseñar, pero, ¡hay más!

Sin duda, la clase de comportamiento que Pablo prohibió en las mujeres, es aquel que causaba disturbios en cualquier congregación. Debido al analfabetismo de la mujer del primer siglo, éstas hacían muchas preguntas, interrumpiendo el desarrollo normal del culto. De hecho, se cree que las primeras reuniones cristianas estaban organizadas a la forma de la sinagoga judía donde las mujeres estaban a un lado y los hombres al otro, por lo que hacer preguntas interrumpiría bastante el curso normal de la liturgia.




Lo importante es recordar que en este capítulo, Pablo está intentando poner orden en el culto público, como acto de reverencia a Dios. Orden para hablar en lenguas, orden para hablar en profecías y orden para el problema del analfabetismo femenino. La misma cultura del siglo I, tanto judía como gentil, no permitía que las mujeres hicieran mucha bulla en las reuniones públicas. Pablo simplemente sigue las normas de su cultura: «como también la ley lo dice». Curiosamente, la ley (Torá) no dice nada de esto. Entonces, ¿a qué ley se refería Pablo? El reconocido exégeta, Gordon Fee, ha hecho la siguiente apreciación: «Primero, cuando Pablo apela a ‘la Ley’ siempre cita el texto (p.ej. 9:8; 14:21), generalmente para apoyar un punto que él mismo establece». Sin embargo, Pablo hace aquí referencia a «la ley» sin citar el texto original, lo cual es una clara indicación de que se refiere a una «ley» diferente a la dada por Dios. Seguramente, a la ley judía creada por hombres judíos. De hecho, existen pruebas que lo avalan, como refleja el judío Flavio Josefo al decir: «La mujer, dice la Ley, es en todo inferior al hombre. Por lo tanto, que sea sumisa».

Resulta sugerente la exhortación de Pablo en 1 Corintios 14:31 «Porque podéis profetizar TODOS [esto incluye a hombres y mujeres] uno por uno, para que TODOS APRENDAN [esto incluye a hombres y mujeres], y todos sean exhortados». ¿O es que se nos ha olvidado que también había mujeres profetisas en Corinto? Sí, el pasaje enseña que los hombres pueden aprender de las mujeres.

Después de todo esto, me pregunto, ¿Cómo puede contradecirse Pablo afirmando que las mujeres pueden enseñar y profetizar, pero por otro lado, decir que guarden silencio? Pues bien, la contradicción no se encuentra en la Biblia, sino en el intérprete. Y es que la petición de Pablo, a que las mujeres guarden silencio, no tiene un sentido absoluto, sino que debe entenderse dentro de un contexto específico, pues esas palabras fueron dirigidas a unas personas específicas, en un tiempo concreto, en unas situaciones y circunstancias únicas.

Me ha resultado cautivadora la apreciación que un querido profesor de teología ha hecho sobre el texto de 1 Corintios 14:35 «Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación». Cito textualmente sus palabras: «Noten la innegable conexión entre “aprender” y “hablar”. Así pues, la única clase de habla que Pablo restringe en este pasaje, es la de hacer preguntas. Ambas, tanto preguntas de apertura como las basadas en la ignorancia. Por tanto, la petición de Pablo a las mujeres de guardar silencio no tiene un sentido absoluto. Es una corrección al problema en específico. Esto es lo que extraemos del contexto. En lugar de clamar públicamente por explicaciones, las mujeres deben aprender de sus maridos en la casa. No obstante, cuando se refiere a hablar en la reunión para edificación de la iglesia, les pide a todos que hablen con libertad (1 Corintios 11:5; 14:26, 31)».




Barclay reconoce que: «No cabe duda que sería un error injustificable el sacar estas palabras de su contexto e imponerlas como una regla universal para la iglesia».

Ahora, usted puede sopesar si las evidencias textuales y contextuales favorecen a que este texto es una prohibición a la enseñanza de las mujeres o, si por el contrario, es una solución que el apóstol da a una iglesia en específico, debido a unos problemas concretos y en un tiempo determinado. A mi juicio, lo primero supondría una renuncia al uso de mi razón, de mi conciencia y del contexto bíblico. Además, sería un rechazo a la exégesis seria, pues el simple uso y significado de los vocablos griegos me convence de lo contrario. Así mismo, debería hacer la vista gorda al resto de pasajes bíblicos que claramente indican que las mujeres enseñaban a los hombres los cuales serán mencionados en el próximo artículo. Por último, tendría que obviar la evidencia empírica, pues la experiencia me ha demostrado que Dios usa a las mujeres como grandes predicadoras y maestras y, para mayor inri, el Señor bendice sus ministerios.

Como sé que algunos estarán pensando que con esto, estoy defiendo el pastorado, apostolado, o cualquier otro «ado» de la mujer, he de decir que lejos está de mi esa intención. Con esta publicación, me limito a hacer una apología de la enseñanza de la mujer. Nada más, ni nada menos.




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